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Sentir un misterio

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Sentir un misterio, un infinito sin nombre, abrazar su estela de amor... Ascender al no tiempo sin dejar rastro ni huella, fundido con el Todo, en unión espontánea de amor compartido. Vivir, simplemente, como la vida vive y Es. Constante milagro de eternidad manifestada y latente.

Nuestra esencia

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El amor se expande, como la luz, cuando es sentido, iluminando, unificando, trascendiendo... En el amor volamos desde la quietud del espíritu, testigos de la conciencia, viajando más allá del tiempo, despertando a lo infinito, a lo inesperado, al misterio que nos hace vivos y florecientes.  Como almas amando el instante, abiertas a la luz, hallamos la paz en la certeza absoluta de nuestra esencia en todo, siempre venida de la región misteriosa, silenciosa, del amor. Permitamos que el amor emprenda el misterio de su vuelo.

El cielo en la tierra

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La tierra se encuentra en el cielo, en el universo. Ya caminamos sobre el cielo y lo tenemos sobre nosotros todo el tiempo. Bajo los pies, sobre la cabeza, en el corazón... El cielo es el espíritu de todo. El cielo es nuestro hogar, nuestro refugio de luz y eternidad, nuestra madre infinita, nuestro padre y maestro verdadero. El cielo está en tu interior y en todo lo que acontece... Todo el tiempo, más allá del tiempo... donde nace y respira la libertad, nuestra más íntima y auténtica libertad, siempre creativa y naciente, sanadora, inocente...

Queda el amor

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Queda el amor en el vacío, queda el vacío eterno del amor. Queda la luz, el abrazo, la comprensión, la cálida y silenciosa comprensión queda en el amor, en el vacío. Quedas tú, queda el amor, quedo yo, contigo, conmigo, en la unidad constante, en la sonrisa sin tiempo, en la mirada tranquila. Queda el amor, descansando, reposando, viviendo, vaciando y llenando de luz el silencio, la serena llama, la gozosa paz de nosotros. Unidad, unidad del amor que queda en el vacío, en la nada eterna, en el manto universal. Queda la luz, quedas tú, quedo yo, amantes sin nombre, gotas de silencio, océanos de eternidad. Aquí descanso, contigo, conmigo, en luz tranquila, en dulce reposo sin dos. Te escucho, te siento y guardo silencio. Habla la voz, la música celeste del corazón, el alegre niño inocente del amor.

Recipiente de amor

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Amo en el instante todo cuanto soy. Todo respira en el ser, todo es unidad, sin diferenciación alguna. Mi nombre es tu nombre, mi forma es tu forma... nombre sin nombre, forma sin forma... silencio de amor, transparente quietud en la inocencia del ser. Todo es amor ahora, amor entregado a la verdad de este momento eterno que milagrosamente, en danza de misterio, en sagrado regalo, está teniendo lugar, sucediendo en el presente. La conciencia contempla la conciencia. La luz ve la luz, el amor que soy ve el amor que es... No hay dos. Un solo corazón abriga el universo entero, y late en él la vida, en el cuerpo sagrado de la conciencia. Un vacío ilimitado que contiene y permite el ser, el universo. Un vacío abierto que es paz y silencio, y recipiente de amor; y vida eterna.

Amar es ser

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Otorgar amor es la naturaleza del ser, al igual que la llama ofrece su calor de forma espontánea, siguiendo el movimiento de su inteligencia original, de su razón y cualidad de ser.  Estrellas de luz y vida son los movimientos del amor, la fuerza de lo verdadero, el poder de lo real. El alma deslumbra por su claridad profunda cuanto más profunda es la noche, cuanto más nos adentramos en el misterio de nosotros mismos. Las puertas se abren, los canales se conectan, las dimensiones se expanden, en la inmensidad de lo viviente, en lo absoluto, en el amor universal que se eleva por infinitudes de amadas fragancias y esencias propias. El mundo es la esencia de uno, el rostro prójimo es el propio rostro, el sendero nunca transitado es el regreso a casa, la nube oscura anuncia un desvelamiento del sol, tras la soledad. Una lágrima conduce al latido sentido, un abrazo al sosiego y a la liberación, a la paz y a la hermandad universal. Somos uno en la oscuridad de la noche y...

Vibración de luz

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En las regiones del éter (akasha) todos los mundos se hallan. El yo contempla el Todo y descubre que no hay un “yo” separado sino un único todo completo. La fuerza vital (prana), el aliento espiritual, nos conduce por esta verdad cuando el corazón es el punto de partida y la meta, en un camino de continua llegada. Es aquí donde el samadhi, ese estado de meditación de profunda quietud, se asienta en uno y despeja cualquier brizna de dualidad por medio de una vacuidad presente y serena. El Uno resplandece como llama en el corazón de vida y luz. La vibración del corazón es la causa del sonido, del mantra Om resonando como raíz de todos los demás sonidos. El sol de la conciencia da su calor y anima las formas e imágenes (yantras) del cuerpo interior (antahkarana) desde el infinito corazón de luz. La manifestación tiene lugar y el yogui ya no está ahí, no hay nadie que vea o que oiga, sólo hay vista y oído nada más. Comprensión. Sólo está el Corazón, el Ser, latiendo. Es un estar que es ...

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